|
Mi
historia comienza a finales del siglo XIX en algún lugar perdido
de Asia Oriental; jamás supe con exactitud dónde, sólo
sé que soy el feliz fruto del amor correspondido entre un maestro
artesano con corazón de artista y una forjadora de sueños
con manos capaces de crear de la nada.
Mi padre, con gusto exquisito y tacto extremadamente
delicado, buscó la mejor seda y el mejor hilo de los más
afamados fabricantes de la región, eligió con mimo los colores
y se puso a trabajar en la obra de su vida. Dibujaba con esmero: aquí
una rama, allí una mariposa, aquí una hoja, allí
un ave del paraíso.
Y comenzó a bordar; un mes, dos meses, tres
meses; puntada tras puntada, con dolor en las manos, con alegría
en el alma, sufriendo y gozando al mismo tiempo.
Y llegó mi madre, amor a primera vista, deseo ferviente de culminar
la obra de mi padre, nudo a nudo y ese enrejado que empieza a surgir de
la nada: arte en el aire, filigrana transparente, manos dibujando en el
cielo figuras divinas. Y nací hermoso como ningún otro mantón
había sido jamás, derramando belleza y orgullo.
Pero mi destino no era cubrir los hombros de mi
madre, ni adornar la mesa familiar. Separado de mis padres fui llevado
al puerto de Cantón y allí embarcado con destino a Filipinas.
Travesía terrible, frío en el aire y en el corazón.
En Manila cambio de barco y ¡Hacia España!. Largo, larguísimo
camino, mar inmenso, tristeza infinita. Me adormezco con tantas horas
de oscuridad y aburrimiento pero por fin alguien abre la caja, preciosa
caja de madera con perfiles de marfil, y veo luz española. Unas
manos amables me sacan y me depositan con cariño en el escaparate
de una tienda preciosa.
A través del cristal percibo un mundo diferente,
otros colores, otros sonidos y otras personas.
Siento renacer la ilusión; sólo me resta esperar la mirada
sorprendida de un viandante interesado.
Un día alguien entra en la tienda; me arrancan de mi refugio y
me extienden con gracia ante los ojos curiosos de una dama sevillana.
¿Sería ella mi destino?
Si, fue mi destino, un buen destino, sobre un piano
he visto tranquilamente pasar los años. Pero lo mejor estaba por
llegar; tuve dos momentos de gloria infinita: el primero, un paseo feliz
por el Real de la Feria sobre los hombros de mi hermosa dama y el segundo,
mostrarme tal como soy, henchido de orgullo, pavoneándome en un
balcón de la calle Sierpes, ondeando como una bandera en un Jueves
divino, con perfume de romero en el aire, sintiendo el repique de campanas
al paso del CORPUS.
Juan Casas
Ventura
|